El alzheimer del teléfono

3 Junio 2011

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Nos unía la incertidumbre de los exámenes, la digestión de la hamburguesa de la cena, la espera eterna hasta que el teléfono quedaba libre y los ecos del fútbol allá abajo, en el salón de la televisión. Eran los tiempos en los que sólo los privilegiados tenían teléfono móvil (recuerdo el ladrillo de mi amigo Carlos) y el resto nos teníamos que conformar con las cabinas. Nosotros teníamos una en la residencia y a partir de las diez de la noche, cuando por aquellos años empezaba la tarifa reducida, aquello era una interminable cola. Pasabas más tiempo esperando que hablando por teléfono. Y a veces alimentaba más lo que se decía en aquella escalera que lo que al foinal comunicabas por el auricular. La otra opción era salir a la calle y hacer cola en las cabinas que por entonces trufaban casi todas las calles de Salamanca. Yo iba a una ya desaparecida en la plaza de Anaya. Y allí también había demasiada gente esperando. Siempre. Sobre todo en invierno.

No tuve teléfono móvil hasta el último año de carrera. Un armatoste que quizá todavía guarde por algún cajón. Luego vinieron otros. Y ayer el último. Los puntos vodafone me han obsequiado con un nuevo teléfono móvil que anoche estuve destripando para meter una tarjetita que todavía pone Airtel y que es la memoria viva de aquellos años de espera. ¿Quiere pasar a la memoria del teléfono los números de su tarjeta? Y yo le digo que sí, claro que sí. Y entonces ahí van, transferidos, en apenas unos segundos, todos los números de aquellos años. Bea, Belén, Carlos, Carmen, Cecilia, Chema, Clara, Cristina, Dani, Elena, Elisa, Gema… Algunos de esos números hace años que no los marco. Ni siquiera sé si todavía habrá alguien que me recuerde al otro lado. Entre medias se habían ido agregando otros. Abel, Alicia, Ana E., Ana S., Andrés… y todos esos se han perdido en el proceso de transferencia. No han conseguido llegar a mi nuevo teléfono. Como si se tratara de una extraña enfermedad, de una demencia desconocida que afecta a los móviles y que solo les permite recordar los números más antiguos, la infancia, el alzheimer del teléfono, de aquellos primeros años en los que llevar medio kilo con antena era un pasaporte para evitar las largas esperas en la calle, en una plaza, en una escalera hoy ya desaparecida.

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