El cobre que se consume en la dieta podría precipitar la enfermedad de alzhéimer

ABC / MADRID
Día 20/08/2013

El cobre podría ser uno de los principales factores ambientales que desencadenan y ayudan a la progresión de la enfermedad de Alzheimer. Este metal se acumula en el cerebro y acelera la acumulación de proteínas tóxicas (placas beta-amiloide) que son el sello de esta enfermedad neurodegenerativa. Al menos, esta es la conclusión de un estudio del Centro Médico de la Universidad de Rochester (Estados Unidos), publicado en la revista científica «Proceedings» .

El cobre forma parte de nuestra dieta, a través de numerosos alimentos. Está presente en el agua potable, que fluye por tuberías de cobre, en suplementos nutricionales y en algunos alimentos como carnes rojas, mariscos, frutos secos, y muchas frutas y verduras.

Un mineral necesario

El mineral juega un papel importante y beneficioso en el organismo, en la conducción nerviosa, el crecimiento del hueso, la formación de tejido conectivo y la secreción hormonal. Sin embargo, el nuevo estudio muestra que el cobre también se acumula en el cerebro y puede causar una ruptura de la barrera hematoencefálica, la membrana que impide la entrada de sustancias tóxicas al cerebro. Esto resulta en una acumulación tóxica de placas de la proteína beta-amiloide, un subproducto de la actividad celular.

El grupo de Rashid Deane, profesor de Investigación en el Departamento de Neuromedicina de la Universidad de Rochester, realizó una serie de experimentos con células de ratones y del cerebro humano, que explican cómo el cobre acelera la patología. En circunstancias normales, la proteína beta-amiloide se elimina de forma natural por la acción de otra proteína llamada proteína 1.

Experimentos con ratones

El equipo de investigación administró a los ratones normales dosis de cobre durante un periodo de tres meses. En concreto, se expuso a los roedores a trazas de metal en el agua potable, lo que supone una décima parte de los estándares de calidad de agua para el cobre establecidos por la Agencia de Protección Ambiental. «Son niveles muy bajos de cobre, el equivalente a lo que la gente consume en una dieta normal», explicó Deane. Los científicos encontraron que el cobre recorre el sistema sanguíneo y se acumula en los vasos que alimentan de sangre al cerebro, específicamente en las «paredes» celulares de los capilares.

Estas células son una parte crítica del sistema de defensa del cerebro y ayudan a regular el paso de moléculas hacia y desde el tejido cerebral. En este caso, las células capilares impiden que el cobre entre en el cerebro, pero, con el tiempo, el metal puede acumularse en estas células con un efecto tóxico.

Los investigadores observaron que el cobre interrumpe la función de las proteínas que deben limpiar la acumulación de tóxicos. Luego, los expertos analizaron el impacto de la exposición al cobre en modelos de ratón de la enfermedad de alzheimer, en los que la barrera hematoencefálica ya se ha roto y se permite la entrada de elementos tóxicos al tejido cerebral. Los autores del estudio observaron cómo el cobre estimuló la creación de grandes complejos de atascos de beta-amiloide que el sistema de eliminación de residuos del cerebro no puede borrar.

Llamada a la cautela

Además, los investigadores observaron que este material provocó inflamación del tejido cerebral, que puede promover aún más la rotura de la barrera hematoencefálica.

Sin embargo, ya que el metal es esencial para muchas otras funciones en el cuerpo, los investigadores dicen que estos resultados deben ser interpretados con cautela. «El cobre es un metal esencial y está claro que estos efectos se deben a la exposición durante un largo periodo de tiempo subraya Deane-. La clave será encontrar el equilibrio justo entre demasiado poco y consumo excesivo de cobre. Ahora mismo no podemos decir cuál es el nivel correcto, pero la dieta puede finalmente jugar un papel importante en la regulación de este proceso».

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