Lo que no sólo un enfermo de Alzheimer pediría a los Reyes Magos

11 enero 2013

Comenzamos un nuevo año, tenemos por delante 365 días que se irán llenando con los proyectos, las rutinas, los deseos y los vaivenes de nuestra vida cotidiana.
Y acabamos de vivir una de las noches más especiales del año: la noche de Reyes.

Aún recuerdo con claridad los nervios, la ilusión e, incluso, la ligera preocupación que esta noche me producía en mi infancia,- ¿Habré sido lo bastante buena como para que me traigan lo que he pedido en mi carta?-. Nos íbamos a la cama llenos de expectación y no nos importaba madrugar el día 6 y correr hacía el salón para encontrar allí respuesta a nuestras peticiones.

Últimamente a menudo pido un deseo: que mi padre se mantenga en el precario equilibrio en el que vive, que no empeore. Llevamos algunos meses de tranquilidad, de disfrutar de las visitas, de encontrarle de buen humor y contento, de no dejarle –al irnos- con el corazón hechos miguitas.

Ayer, mientras pasábamos la tarde con él, le pregunté si tenía algún deseo, si había algo que quisiera o necesitara. Él se calló unos minutos y luego me dijo: – Pediría más abrazos.

Me quedé sin saber que responder. A una velocidad vertiginosa pasaron por mi mente diversos pensamientos: ¿No se siente querido? ¿Le faltan muestras de cariño por nuestra parte? ¿Se sentirá solo?…

No necesité preguntarle, a continuación él respondió todas mis preguntas no formuladas. – ¿Sabes? A medida que envejeces vas teniendo cada vez menos abrazos, los hijos crecen y ya no se refugian en tus brazos como cuando eran pequeños, y con los amigos no se mantienen esas muestras de afecto. Te vas quedando con los abrazos de tu pareja… hasta que te quedas solo. Y entonces el vacío se nota aún más.

– Desde que Mamá no está echo mucho de menos su mano en la mía, ¡parezco un viejo tonto!… Yo sé, lo siento así, que me queréis, que os preocupáis por mi… pero me gustaría tener más abrazos de los que tengo.

No pude hacer otra cosa que agacharme a la altura de su silla de ruedas y darle un abrazo largo y emocionado.
Y de camino a casa fui pensando en lo real de sus palabras. Parece que cumplir años nos hace olvidar algunas cosas importantes: reírnos hasta que duele la tripa, soñar con mundos imaginados, jugar por el placer de jugar, expresar el cariño sin cortapisas, se nos olvida ¡en fin! el niño que todos llevamos dentro.

Y caí en la cuenta de que, en lo que se refiere a caricias, nuestra mascota recibe muchos más mimos y carantoñas de los que podamos hacerle a mi padre.

Crecer nos hace cambiar actitudes que no deberíamos perder. El mostrar el cariño sin vergüenza, el expresar el afecto sin pudor y sin “cortarnos”, el abrazar como abrazan los niños,- dejándose mecer en el calor de unos brazos queridos-, todo ello nos hace seguir unidos a la Vida, nos ayuda a sentirnos vivos.

Espero que, en esta próxima Noche de Reyes, sus Majestades me dejen un montón enorme de abrazos para repartir alrededor y, muy especialmente, para mi padre. Y lo mismo deseo para todos los que seguís este blog: ¡Muchos y felices abrazos!

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