Los recuerdos de Marta se difuminan

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* Marta no puede cocinar sola, pero sigue con ilusión las indicaciones que le da su marido. MONTXO A.G.
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* Marta Ferrer Paradera y su marido, Bonifacio Ros.
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* Boni recuerda alguna de las pautas que debe seguir para trabajar con Marta. MONTXO A.G.
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* Forman una pareja muy unida. MONTXO A.G.
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NOELIA GORBEA/CARMEN REMÍREZ . ESTELLA Viernes, 10 de diciembre de 2010

MANTIENE un pulso constante contra el paso del tiempo. Nota cómo las palabras se le van perdiendo entre las sombras de su enfermedad, pero no pierde la sonrisa. Sonríe todo el tiempo, incluso cuando las dudas se amontonan en su mente, impidiéndole afirmar si la casa en la que vive está en Estella o en Barcelona, donde viven sus hermanas.

Marta Ferrer Paradera, de 61 años, sabe que cada vez será más complicado buscar entre los rincones de su mente aquellos recuerdos que le permitan explicar cómo fue su vida, aquellas frases que recojan dónde se casó o aquellas imágenes que guardó en la memoria y que ahora comienzan a difuminarse.

Marta abre la puerta de su hogar, donde comparte mucho más que una vida con su marido, Bonifacio Ros Ruiz de Larramendi. El calor del cariño se nota nada más cruzar el umbral. Recibe a los periodistas con una sonrisa, les invita a sentarse e inicia una conversación. Las palabras salen solas, se complementan y comprenden. Todo funciona hasta que una pregunta sobre su pasado nubla los recuerdos. Solo se palpa el silencio de sus pensamientos. Marta trata de responder, pero los recuerdos no están. Han desaparecido y se ve incapaz de responder. Padece alzheimer. Entonces gira la cabeza y busca respaldo en la mirada de su marido, en esos ojos que la observan con ternura, que la protegen y cuidan, obligándola a esforzarse por recordar. “¿Nos casamos en Estella, verdad?”, inquiere ella. Sabe que contrajo matrimonio y que fue un día especial, pero duda.

Esas primeras “lagunas”, esos despistes intermitentes que llamaron a la puerta de este matrimonio perteneciente a la asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer de Navarra, en la que Boni, como le conocen sus amigos, ejerce como vocal, fueron la voz de alarma que dio paso a la verdad. “Yo empecé a notar algo raro ya desde 2007 (Marta tenía 58 años), pero como suelen decir quienes trabajan en medicina (Marta es enfermera, aunque ya no puede trabajar) son los peores enfermos”, dice Ros, quien se autodenomina como “el cuidador” de su mujer.

Pruebas excluyentes

Tras estas primeras ausencias y cambios de humor injustificados, los médicos fueron descartando enfermedades hasta que, por eliminación, el camino desembocó donde ambos se temían. “Yo me lo imaginaba, pero tampoco quería decir nada. Cuesta asumir las cosas, sobre todo cuando sabes que no tiene remedio. Cada vez que una prueba médica daba negativo, yo veía que no había alternativa. Era una mezcla de alivio por lo que no era y de miedo por lo que se avecinaba”, se sincera Boni, despacio, desviando la vista hacia su mujer, quien asiste expectante a una historia que ha viviso, pero de la que muchos capítulos son nueva para ella.

Así, sentados en el sofá, Boni relata la historia de la vida de ambos, desde que se conocieron en Estella al cruzarse por la calle, hasta que él pidió el traslado a Barcelona para empezar una vida juntos. “No sabíamos nada el uno del otro desde aquel encuentro. Apareció de repente en mi puerta”, dice Marta. “Estuvimos un año carteándonos hasta que di el paso”, matiza Boni.

La conversación continúa. “Leo y hago crucigramas para que mi mente no se duerma”, explica Marta, quien se encuentra en tratamiento desde que le diagnosticaron la enfermedad a principios del año pasado. “El problema es que se cansa a los dos minutos. Si vamos a coser un botón, a las dos puntadas, ya hemos acabado y claro, hay que tener mucha paciencia para repetirle las cosas”, cuenta Boni. A este respecto, este padre de dos hijos de 32 y 36 años dispone de su propia máxima. “Aunque a veces necesites gritar o enfadarte, en realidad no merece la pena porque a los cinco minutos se le ha olvidado el motivo por el que nos hemos gritado”, confiesa. Pero, aunque asegura que es “fiel” a su metodología, reconoce que el alzheimer es una enfermedad “muy dura”. “El cuidador necesita otro cuidador que le sujete”, valora. “El simple hecho de barrer necesita que el cerebro te diga dónde esta la escoba, cómo se coge y dónde hay que tirar los desperdicios. Toda una odisea, vaya”, dice.

Por ello, el hecho de que todas y cada una de las cosas de su casa se encuentren en su sitio exacto es “crucial” para que Marta sepa dónde están los platos o dónde buscar un jersey. “Hay que ayudarle a combinar los colores, pero es muy obediente y eso facilita las cosas”, se sincera Boni. Mientras, Marta permanece sentada, dando el visto bueno con la cabeza a la historia que escucha, a la que narra qué le está pasando y de la que muchas partes no recuerda. También repite frases, como tratando de reforzar su memoria. “Es esencial no dejar que el cerebro se detenga, por eso practicamos con un sudoku que asocia colores, realizamos cuentas sencillas o leemos los subtítulos cada vez que ponemos la tele”, explican.

Boni no se rinde. Por eso, con paciencia y cariño, toma su mano y dice, por tercera vez en dos minutos. “Ahora nos vamos a dar una vuelta. Coge la cazadora. Está en el armario”. Y ambos se preparan para pasear por Estella, escapando, hasta la siguiente pregunta, de lo complicado que resulta el avance del tiempo.

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