Yarumal (Antioquia), entre la pobreza del olvido

Yarumal. Cuando la noche se confunde con la neblina que entra por el patio de la vivienda y Estela se va a la cama, le pide a Dios en sus oraciones que al día siguiente recuerde que su casa se está cayendo, que es responsable de una nieta de 6 años y que no puede trabajar porque su hermana, Olga, sufre de Alzheimer.
Toda su vida ha cargado el peso de la “maldición” de Yarumal, la enfermedad del olvido.

Su padre y un hermano murieron padeciéndola, y tres más, que aún viven, sufren de lo mismo.

Ella, aunque no tiene mayor educación, la conoce como nadie. No en vano ha descubierto uno a uno a sus familiares enfermos.“Yo me entero solo hablando con ellos, no necesito de la prueba”, asegura.

Pero su karma no es solo pensar que algún día puede padecer el Alzheimer –pues después de los 48 años se ha manifestado en su familia, ella tiene 53–, sino la pobreza absoluta que está viviendo.

Hasta el 12 de enero de este año trabajaba vendiendo rifas en la calle. Sin embargo, la llegada de su hermana, que vivía en Medellín, le cambió la vida rotundamente.

“A ellos (enfermos de Alzheimer) no se les puede dejar solos, por eso dejé de trabajar –explica sentada en la sala de su casa que se cae de a poco sin que ella pueda evitarlo–.

Hace unos meses se le cayó una habitación, el baño y la cocina y lo peor es que no tiene con qué arreglar los daños. Esto, sin contar que el techo se le cae también a pedazos.

Pese a que la alcaldía de Yarumal le donó varias tejas de eternit para evitar una tragedia en el hogar, Estela no tiene dinero para pagarle a un albañil que le haga el trabajo.

“Lo máximo que consigo es para la comida”, se queja sin olvidar que el grupo de Neurociencia de la Universidad de Antioquia le ha ayudado con algunos medicamentos para su hermana.

Y es que ese drama lo padecen muchas familias yarumaleñas, que tienen en sus hogares uno o varios familiares con Alzheimer.
Lo peor, según Estela, es que en el pueblo no hay un lugar adecuado donde atiendan a estas personas, solo últimamente el hospital del municipio adecuó una sala donde están los más graves.

Según Elmer Yepes, director del Asilo de Ancianos del municipio, esa situación hace que muchos familiares pretendan que los enfermos de Alzheimer sean atendidos en ese hogar.
“Lo que olvidan es que el asilo vive de la caridad y las donaciones y solo podemos abrir unos 38 cupos”, explica.

Sin embargo, a algunos eso no les importa. De acuerdo con Yepes, cuando las familias ya no soportan la crisis económica y emocional de ser responsables de alguien con la patología “los dejan aquí tirados”. Hace tres semanas se murió una abuela que padecía Alzheimer. Quedaron dos.

“Muchas veces los traen y dicen que no sufren de la enfermedad y cuando los recibimos y nos damos cuenta de que sí era así, la familia no vuelve aparecer”, denuncia con ofuscación, sin negar que hay otros que viven pendientes de ellos y que nunca ocultan información.

Estela, diciendo la verdad, ha tratado de que reciban a Olga en ese asilo para poder trabajar, pero lo único que ha encontrado es una negativa. “Yo pienso que deberían existir sitios donde, así fuera que uno pague, donde atiendan a quienes sufran de Alzheimer”, propone mientras se manda la mano al rostro y se acuerda de que dejo sola a su hermana.

–¡Olga!–, le grita desde la sala de la casa hecha en bahareque y barro.

–¡Qué!–, responde desde la cocina. Estaba almorzando pero se le había olvidado, dejando inmóvil la cuchara en la mano.
–Vení te presento unos amigos–, le dijo Estela.

Olga tiene 48 años, es menuda y sonríe todo el tiempo. Al preguntarle que qué piensa de los que sufren Alzheimer, solo atina a decir: “A mí me da mucho pesar. De esa enfermedad se murió mi papá”. Piensa por un momento y continúa la conversación con su hermana.

–Oíste Estela y mi papá ¿a qué horas llega?–, pregunta. Ella le sigue el “juego”.
–Él está paseando.

Estela piensa que es mejor que su hermana no se entere de la enfermedad, así se le olvide a los pocos minutos: “Se puede poner muy violenta, así era mi papá y mi hermanito, el que se murió”.
Pero hacer las veces de enfermera se complica cuando se acuerda de que padeció un cáncer de seno el año pasado que casi le hace perder la vida. Aunque ahora Estela recibe un tratamiento y ya fue sometida a una cirugía, no tiene dinero para comprar sus medicamentos.

“Yo lo único que pido es ayuda para trabajar, tengo una familia por la cual responder”, dice.
Al ser parte del grupo de estudio de Neurociencia de la Universidad de Antioquia, su familia sería una de las beneficiadas si se llegase a descubrir un medicamento para prevenir la enfermedad.
EL TIEMPO se contactó con Francisco Lopera, encargado del estudio, pero este se negó a darle declaraciones a este diario.

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